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Castración en perros: ¿una decisión rutinaria o individual?

26 sept., 2026, 2 comentarios

Durante muchos años la castración se ha recomendado casi de forma sistemática como parte de la tenencia responsable de un perro. Evita camadas no deseadas, elimina determinadas enfermedades reproductivas y puede reducir algunos comportamientos relacionados directamente con las hormonas sexuales. Todo eso es cierto. Sin embargo, durante las últimas décadas han ido apareciendo estudios que obligan a introducir bastantes más matices en una decisión que durante mucho tiempo hemos tratado como relativamente sencilla.

Este artículo no pretende defender que castrar sea malo, de la misma manera que tampoco pretende defender que todos los perros deban ser castrados. Precisamente creo que uno de los problemas que tenemos cuando hablamos de este tema es la facilidad con la que acabamos situándonos en uno de esos dos extremos. La literatura científica disponible muestra beneficios reales de la castración, pero también asociaciones con determinados problemas de salud, especialmente cuando se realiza de manera temprana y en determinados tamaños, razas o sexos. Además, buena parte de esta evidencia procede de estudios observacionales, lo que significa que debemos ser especialmente cuidadosos antes de transformar una asociación estadística en una relación de causa y efecto.

Antes de entrar en los estudios, hay otra distinción que considero fundamental: esterilizar y castrar no son necesariamente lo mismo. Esterilizar significa impedir la reproducción. Castrar o gonadectomizar supone retirar las gónadas —testículos en el macho y ovarios en la hembra— y, con ellas, eliminar de manera permanente su producción hormonal. Existen procedimientos que permiten esterilizar conservando las gónadas, como la vasectomía en machos o determinadas cirugías con preservación ovárica en hembras. No son procedimientos adecuados para todos los animales ni están exentos de consideraciones propias, pero su existencia permite plantearnos una pregunta que me parece esencial: si nuestro único objetivo es evitar que un perro se reproduzca, ¿necesitamos necesariamente eliminar también sus gónadas y por lo tanto alterar las hormonas?

Esta distinción no pertenece únicamente a un debate minoritario. Las guías de reproducción de la World Small Animal Veterinary Association (WSAVA), publicadas en 2024, diferencian expresamente entre métodos de esterilización con pérdida de hormonas gonadales y procedimientos que las preservan. Las propias guías señalan que la evidencia sobre las consecuencias a largo plazo de la gonadectomía es compleja, en ocasiones contradictoria y dependiente del sexo, la raza y la edad, y consideran la vasectomía y las técnicas con preservación ovárica alternativas que deben contemplarse en determinados perros, especialmente en razas grandes y gigantes (Romagnoli et al., 2024).


Los beneficios de castrar también son reales

Hablar de los posibles efectos negativos de la gonadectomía no debería llevarnos al error contrario de ignorar sus beneficios. Hay situaciones en las que retirar las gónadas constituye un tratamiento o una medida preventiva muy eficaz.

Probablemente uno de los ejemplos más claros sea la piometra, una infección uterina potencialmente mortal que afecta a las hembras enteras y cuya aparición está relacionada con la exposición hormonal del endometrio. En un gran estudio epidemiológico realizado en Suecia sobre más de 200.000 perros asegurados, aproximadamente el 23-24 % de las hembras enteras había desarrollado piometra antes de los diez años, aunque las diferencias entre razas eran enormes (Egenvall et al., 2001). Esto último es importante: incluso cuando hablamos de uno de los beneficios más claros de la gonadectomía, el riesgo individual no es idéntico para todas las perras.

La retirada de las gónadas también elimina, evidentemente, la posibilidad de desarrollar posteriormente determinadas enfermedades de esos órganos. Un macho sin testículos no desarrollará un tumor testicular y una hembra sin ovarios no desarrollará una patología ovárica. En machos encontramos además otro beneficio muy bien conocido: la hiperplasia prostática benigna es extremadamente frecuente en perros enteros adultos y depende de la estimulación hormonal, por lo que la castración produce una importante involución de la próstata y constituye un tratamiento muy eficaz.

Pero incluso la próstata nos proporciona un ejemplo perfecto de por qué es peligroso resumir esta cuestión diciendo simplemente que “castrar previene enfermedades”. La castración protege frente a la hiperplasia prostática benigna, pero no protege frente al cáncer de próstata. De hecho, algunos estudios observacionales han encontrado una mayor representación de determinadas neoplasias prostáticas entre perros castrados (Bryan et al. 2007), por ejemplo, encontraron una asociación entre castración y mayores probabilidades de carcinoma prostático. Esto no demuestra que castrar provoque cáncer de próstata —la enfermedad es poco frecuente y existen importantes factores de confusión—, pero sí significa que no sería correcto utilizar la prevención del cáncer prostático como argumento general a favor de la castración.

También existen posibles beneficios conductuales, aunque aquí conviene precisar muchísimo de qué comportamiento hablamos. La castración puede disminuir determinadas conductas directamente relacionadas con las hormonas sexuales, como parte del marcaje, la búsqueda de hembras, algunas montas o determinadas conductas competitivas entre machos. Sin embargo, esto no significa que un perro vaya a “tranquilizarse” simplemente por ser castrado, ni que la gonadectomía sea un tratamiento genérico para la agresividad, el miedo o la reactividad. Estos comportamientos tienen causas muchísimo más complejas.


El cáncer de mama y unas cifras que se llevan décadas repitiendo

Uno de los argumentos más utilizados a favor de la castración temprana de las hembras es la prevención de los tumores mamarios. Es probable que muchos hayáis escuchado alguna vez unas cifras muy concretas: castrar antes del primer celo reduciría el riesgo de cáncer mamario al 0,5%, después del primer celo sería del 8% y después del segundo alcanzaría el 26%. Estos porcentajes no son la probabilidad absoluta de que la perra desarrolle cáncer de mama, sino el riesgo relativo respecto a una perra intacta, cuyo riesgo se toma como referencia (100 %).

Estas cifras se han repetido tanto que prácticamente han adquirido categoría de hecho científico indiscutible. Sin embargo, proceden fundamentalmente de investigaciones realizadas hace más de medio siglo, especialmente de un estudio publicado por Schneider, Dorn y Taylor en 1969. Esto no significa que un estudio sea inválido simplemente por ser antiguo, pero sí resulta razonable preguntarnos qué calidad tiene la evidencia sobre la que hemos construido una recomendación tan extendida.

Eso fue precisamente lo que hicieron Beauvais, Cardwell y Brodbelt en 2012 mediante una revisión sistemática de los estudios existentes sobre castración y tumores mamarios. De los trece trabajos relevantes encontrados, nueve presentaban un alto riesgo de sesgo y los cuatro restantes un riesgo moderado. Los autores concluyeron que la evidencia disponible sobre el efecto de la castración y de la edad a la que se realizaba era débil y no permitía establecer recomendaciones firmes (Beauvais et al., 2012).

Y la cuestión no quedó resuelta ahí. En 2025 se publicó una nueva revisión sistemática específicamente dedicada a estudiar si la esterilización temprana disminuye el riesgo de tumores mamarios. Después de seleccionar trece estudios que cumplían los criterios de inclusión, seis de ellos no mostraron evidencia de un efecto protector de la esterilización temprana. Los autores volvieron a señalar la necesidad de mejores estudios, con controles adecuados y teniendo en cuenta factores como la raza (Guirguis y Beggs, 2025).

Esto no permite concluir que las hormonas ováricas no tengan ninguna influencia sobre el desarrollo de tumores mamarios. Tampoco permite afirmar que castrar no tenga ningún efecto protector. Lo que sí debería hacernos cuestionar es la presentación de aquellos famosos porcentajes como si fueran una ley biológica aplicable a cualquier perra.

Y este ejemplo resulta especialmente útil para entender el objetivo de este artículo: cuestionar la calidad de una afirmación no significa defender automáticamente la afirmación contraria. Decir que no tenemos evidencia suficientemente sólida para asegurar que castrar antes del primer celo reduce el riesgo hasta el 0,5 % no equivale a decir que mantener los ovarios no influye en absoluto sobre el riesgo de neoplasia mamaria.


Crecimiento, articulaciones y la importancia de no tener prisa

Una de las áreas en las que la investigación de los últimos años ha introducido más dudas sobre la castración temprana es el aparato locomotor. Las hormonas sexuales no tienen como única función permitir la reproducción: participan también en procesos relacionados con el crecimiento y la maduración del organismo. La gonadectomía antes de la pubertad retrasa, por ejemplo, el cierre de determinadas placas de crecimiento. Las propias guías de la WSAVA señalan este efecto y relacionan la gonadectomía realizada antes de los doce meses con la preocupación por una mayor frecuencia de determinados trastornos ortopédicos, especialmente en algunos perros grandes (Romagnoli et al., 2024).

Los estudios realizados por Hart y colaboradores son especialmente interesantes porque muestran que intentar establecer una única edad adecuada para todos los perros probablemente sea un error. En 2020 estudiaron 35 razas buscando asociaciones entre la edad de gonadectomía y diferentes enfermedades articulares y cánceres. Los resultados variaban considerablemente entre razas, entre machos y hembras y según la edad de intervención (Hart et al., 2020).

El mismo grupo estudió también perros mestizos agrupándolos según su peso adulto. En los animales de menor tamaño no encontraron el mismo incremento de trastornos articulares relacionado con la gonadectomía temprana que aparecía en grupos de mayor peso. A partir de aproximadamente 20 kg de peso adulto, la castración realizada antes del año se asociaba con un aumento significativo de determinados problemas articulares en varios grupos (Hart et al., 2020).

Tenemos además evidencia más reciente sobre la enfermedad del ligamento cruzado craneal. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025 reunió 24 estudios y encontró que tanto las hembras gonadectomizadas como los machos gonadectomizados presentaban mayores probabilidades de desarrollar esta enfermedad que los animales enteros. La asociación observada fue aproximadamente 2,29 veces mayor en hembras y 2,12 veces mayor en machos, y resultó especialmente consistente cuando la gonadectomía se había realizado antes o alrededor del primer año de vida (Low et al., 2025). Los autores calificaron la certeza global de la evidencia como moderada, aunque debemos recordar que los estudios disponibles siguen siendo observacionales.

Aquí aparece además un concepto fundamental: riesgo relativo no significa riesgo absoluto. Si una enfermedad afecta a uno de cada mil perros y una intervención duplica su riesgo, pasamos aproximadamente de uno a dos casos por cada mil. Si afecta a uno de cada diez, duplicarlo significaría algo completamente diferente. Decir únicamente que algo “duplica el riesgo” puede resultar espectacular, pero sin conocer el riesgo basal del perro al que nos referimos nos falta una parte importantísima de la información.


Osteosarcoma y otros tipos de cáncer

El osteosarcoma es probablemente uno de los cánceres que más aparecen cuando se habla de los posibles efectos negativos de la castración. Uno de los estudios más conocidos analizó 683 Rottweilers, una raza con una predisposición importante a desarrollar este tumor (Cooley et al. 2002). Encontraron que los animales gonadectomizados antes del año presentaban un riesgo significativamente mayor de sarcoma óseo y observaron una relación entre una menor exposición a hormonas gonadales durante la vida y una mayor incidencia de la enfermedad.

Sería tentador transformar este resultado en “castrar aumenta tres o cuatro veces el cáncer de huesos”, pero hacerlo sería incorrecto. Estamos hablando de una raza concreta con un riesgo basal elevado. No podemos trasladar automáticamente ese resultado a un perro de otra raza, y mucho menos a toda la especie canina.

Lo mismo sucede con otros tumores. Diferentes trabajos han encontrado asociaciones entre gonadectomía y hemangiosarcoma, linfoma o mastocitoma, pero los resultados varían enormemente entre razas, sexos y edades de intervención. De hecho, cuando Hart y colaboradores estudiaron perros mestizos separados por categorías de peso, no encontraron un aumento significativo asociado a la gonadectomía para los cuatro cánceres que analizaron en ninguno de los grupos de tamaño.

Por eso creo que tampoco sería científicamente correcto pasar del antiguo mensaje de “castrar previene cáncer” al nuevo mensaje de “castrar provoca cáncer”. La realidad es bastante más compleja que cualquiera de esas dos frases.

Lo que sí podemos decir es que existen asociaciones epidemiológicas suficientemente interesantes como para que raza, sexo, tamaño y edad formen parte de la decisión, especialmente cuando hablamos de animales pertenecientes a poblaciones con una elevada predisposición genética a determinadas enfermedades.


Incontinencia, metabolismo y enfermedades endocrinas

La incontinencia urinaria adquirida es otro de los posibles efectos adversos que debe tenerse en cuenta especialmente en hembras. Diversos estudios han encontrado una asociación entre gonadectomía e incompetencia del mecanismo del esfínter uretral, aunque la magnitud del riesgo y la influencia exacta de la edad de intervención no están completamente resueltas. Una revisión publicada en 2012 (Beauvais et al., 2012) ya encontraba indicios de esta relación, aunque advertía de que la calidad de la evidencia disponible era limitada.

También existe una asociación bastante consistente entre gonadectomía y tendencia al sobrepeso. Un gran estudio publicado en 2023 analizó más de 155.000 perros y encontró que el estado reproductivo y la edad de gonadectomía estaban relacionados con el riesgo de desarrollar sobrepeso u obesidad, aunque nuevamente existían diferencias según sexo y tamaño (Benka et al., 2023). Esto no significa que un perro castrado tenga que ser obeso. La alimentación, la actividad física y el control de la condición corporal siguen siendo factores fundamentales y modificables, pero sí significa que el cambio hormonal puede modificar sus necesidades energéticas y debe tenerse en cuenta.

En el ámbito endocrino e inmunitario también se han encontrado señales interesantes (Sundburg et al., 2016) analizaron más de 90.000 historiales veterinarios y encontraron asociaciones entre gonadectomía y una mayor frecuencia de determinadas enfermedades, entre ellas hipotiroidismo, hipoadrenocorticismo y algunos trastornos inmunomediados. Sin embargo, este es precisamente uno de los ámbitos en los que debemos tener especial cuidado con el lenguaje: encontrar una asociación en un estudio retrospectivo no demuestra que la retirada de las gónadas haya causado esas enfermedades.


¿Castrar mejora el comportamiento?

Este es otro de los argumentos que creo que deberíamos revisar. Las hormonas sexuales influyen sobre el comportamiento; negar eso tendría tan poco sentido como atribuirles cualquier conducta del perro. Lo importante es distinguir qué comportamientos tienen un componente hormonal importante y cuáles dependen fundamentalmente de aprendizaje, genética, experiencias, miedo, socialización, ambiente o una combinación de todos ellos.

La gonadectomía puede reducir determinadas conductas sexuales, especialmente búsqueda de pareja, algunas montas y parte del marcaje. Sin embargo, la evidencia sobre agresividad, miedo y ansiedad es mucho menos clara (Farhoody et al., 2018). Utilizando datos de más de 13.000 perros, no encontraron evidencia de que la gonadectomía redujera la agresividad hacia personas conocidas ni hacia otros perros. Otros trabajos han encontrado resultados diferentes dependiendo del comportamiento estudiado y de la edad de castración. Además, debemos tener en cuenta que aunque algunas de estas conductas puedan inicialmente aparecer por efectos hormonales, suelen convertirse en conductas aprendidas y una vez esto ocurre, la castración no solucionaría ninguno de esos problemas.

Por eso considero especialmente problemática la recomendación de castrar a un perro simplemente porque “es agresivo”, “es nervioso” o “se porta mal”. Si el comportamiento está verdaderamente condicionado por hormonas sexuales, modificar ese componente hormonal puede ser útil. Pero si estamos ante miedo, inseguridad, frustración, falta de socialización, aprendizaje o cualquier otra causa, eliminar testosterona u hormonas ováricas no resuelve necesariamente el problema y puede modificar otras variables que también participan en la conducta. De esta manera, conozco de primera mano perros miedosos o perras “agresivas” con otros perros que una vez castrados han empeorado sustancialmente sus problemas.


Entonces, ¿los perros castrados viven más?

También existen grandes estudios que encuentran una mayor longevidad entre los perros esterilizados. Hoffman, Creevy y Promislow analizaron en 2013 datos de más de 40.000 perros y observaron una mayor esperanza de vida asociada a la esterilización. Curiosamente, al estudiar las causas de muerte encontraron que los animales esterilizados tenían menor probabilidad de morir por determinadas causas, pero mayor probabilidad de morir por otras, incluidos algunos cánceres (Hoffman et al., 2013).

¿Significa esto que esterilizar alarga necesariamente la vida? No podemos asegurarlo únicamente con este tipo de estudio. Los propietarios que esterilizan pueden diferir de los que mantienen animales enteros en aspectos como atención veterinaria, vacunación, alimentación, control de escapadas o prevención de accidentes. Además, un perro que vive más años tiene también más tiempo para desarrollar enfermedades relacionadas con edades avanzadas.

Este es uno de los mayores problemas a la hora de interpretar prácticamente toda la literatura sobre gonadectomía: asociación no significa causalidad. Esta frase merece aparecer en cualquier artículo serio sobre el tema. La mayor parte de la evidencia que tenemos no procede de ensayos clínicos en los que miles de cachorros hayan sido asignados aleatoriamente a permanecer enteros o ser gonadectomizados a diferentes edades y posteriormente seguidos durante toda su vida. Realizar un estudio así sería extraordinariamente complejo y plantearía además importantes problemas éticos y prácticos.

Lo que tenemos principalmente son estudios observacionales y retrospectivos: analizamos perros que ya han sido castrados o que permanecieron enteros y buscamos diferencias entre ellos. Son estudios tremendamente útiles para detectar asociaciones, especialmente cuando aparecen repetidamente en poblaciones diferentes, pero tienen limitaciones.

Puede existir un tercer factor que explique parte de la diferencia. Puede haber sesgo de selección. Algunas razas pueden estar sobrerrepresentadas. Los propietarios pueden tener perfiles diferentes. Los perros pueden haber sido castrados precisamente por padecer determinados problemas. La edad, el peso, la actividad física y el acceso a atención veterinaria pueden modificar los resultados.

Por eso un estudio que encuentre más osteosarcomas entre determinados perros castrados no permite escribir automáticamente “la castración causa osteosarcoma”. Del mismo modo, encontrar mayor longevidad entre perros esterilizados tampoco demuestra automáticamente que la esterilización sea la causa de esa longevidad. La ausencia de una causalidad demostrada tampoco significa que debamos ignorar una asociación consistente. Significa que debemos interpretarla con la prudencia que corresponde.


¿Tiene sentido aplicar la misma recomendación a todos los perros?

Probablemente esta sea para mí la pregunta más importante de todo el artículo. ¿Tiene sentido aplicar exactamente el mismo protocolo a una teckel de cinco kilos, una border collie de quince, un pastor alemán de treinta y cinco y un mastín de setenta? ¿Tiene sentido considerar equivalente un macho y una hembra? ¿Una raza con elevada predisposición al osteosarcoma y otra en la que es extraordinariamente infrecuente? ¿Un perro de seis meses que todavía está creciendo y uno  de tres años completamente desarrollado? La evidencia disponible apunta cada vez más hacia una respuesta individualizada.

Las guías de reproducción de la WSAVA de 2024 son especialmente interesantes porque reconocen expresamente que no existe una única técnica ideal para todas las situaciones. La organización señala que la elección debe valorar genética, edad, salud, estilo de vida, finalidad del perro y capacidad del responsable para controlar la reproducción. También considera que las preocupaciones sanitarias asociadas a la gonadectomía rutinaria pueden hacer más apropiadas las alternativas que conservan las gónadas en determinados perros, especialmente grandes y gigantes (Romagnoli et al., 2024).

Y la tendencia continúa. En marzo de 2026, la British Veterinary Association y la British Small Animal Veterinary Association actualizaron conjuntamente sus recomendaciones sobre castración. Su postura se aleja expresamente de un protocolo único y propone valorar edad, raza, sexo, salud y estilo de vida. En machos recomiendan evaluar individualmente si la castración proporciona realmente un beneficio y, para ambos sexos, plantean alejarse de la castración temprana sistemática.

Creo que esto es mucho más interesante que sustituir un dogma por otro. La evolución de las recomendaciones no nos está diciendo que ahora “no haya que castrar”. Nos está diciendo que quizá deberíamos dejar de preguntarnos a qué edad se castran los perros y empezar a preguntarnos si ese perro necesita ser castrado, por qué motivo y cuándo sería el momento más adecuado en su caso.


Mi postura sobre el tema

En Basati no estoy en contra de la castración. Estoy en contra de la castración por sistema, y creo que esta diferencia es fundamental.

Hay animales para los que castrar puede estar médicamente indicado. Hay patologías en las que retirar las gónadas constituye el tratamiento adecuado. Puede haber también situaciones individuales en las que, después de valorar riesgos y beneficios, la gonadectomía sea la opción que más sentido tenga. Negar todo esto sería tan simplista como afirmar que todos los perros deben ser castrados simplemente porque no van a reproducirse.

Lo que cuestiono es que la retirada de unos órganos endocrinos sanos deba realizarse automáticamente en todos los perros como procedimiento preventivo estándar, independientemente de su sexo, tamaño, raza, edad, desarrollo, antecedentes, comportamiento o estilo de vida.

Cuando el objetivo es únicamente impedir la reproducción, mi preferencia es esterilizar sin castrar siempre que sea una alternativa adecuada para ese individuo, conservando las gónadas y su función hormonal. Y, salvo que exista una razón que justifique actuar antes, considero importante permitir que el animal avance en su desarrollo físico y conductual antes de realizar una intervención reproductiva definitiva.

En lo relativo al desarrollo físico disponemos de evidencia sobre maduración esquelética y efectos de la gonadectomía temprana; cuando hablamos de “madurez mental”, en cambio, no existe una edad científica universal y debe entenderse como una valoración individual del desarrollo conductual del perro, no como un momento exacto establecido por los estudios.

Conservar las gónadas tampoco significa eliminar todos los problemas. Un macho vasectomizado continúa teniendo testículos y, por tanto, deberá seguir siendo controlado frente a enfermedades testiculares y prostáticas. Una hembra sometida a una técnica con preservación ovárica conserva actividad hormonal y el procedimiento elegido determina qué riesgos reproductivos permanecen y cuáles desaparecen. La propia WSAVA advierte de que todavía no disponemos de evidencia suficiente para asumir que una cirugía que conserva las gónadas reproduce exactamente todos los beneficios de permanecer completamente intacto.

Por eso tampoco considero responsable presentar la esterilización conservadora como una solución perfecta. No existe una opción sin ventajas e inconvenientes.

Lo que sí considero importante es que esas opciones existan, que los responsables de los perros las conozcan y que podamos tomar decisiones informadas en lugar de seguir un protocolo por costumbre.

Y hay algo que quiero dejar especialmente claro tratándose de Basati: cuestionar la castración sistemática no significa relativizar en absoluto la responsabilidad de impedir camadas no deseadas. Un perro entero o esterilizado conservando sus gónadas exige un manejo responsable. Si una familia no puede garantizarlo, esa circunstancia también debe formar parte de la decisión. La responsabilidad reproductiva no consiste únicamente en operar; consiste en garantizar que nuestros animales no se reproducen de manera accidental.

Después de revisar la literatura disponible, para mí la conclusión no es que la castración sea buena ni que sea mala. Es que no es una intervención neutra. Modifica permanentemente la fisiología del animal y, como cualquier intervención de ese calibre, debería tener una indicación y una valoración individual de beneficios y riesgos.

Sabemos que puede prevenir enfermedades importantes como la piometra y tratar eficazmente otras como la hiperplasia prostática benigna. Sabemos también que existen asociaciones entre gonadectomía —especialmente temprana y en determinados perros— y algunos problemas articulares, incontinencia, cambios metabólicos y determinadas enfermedades neoplásicas. Para algunos de esos riesgos la evidencia es bastante consistente; para otros todavía es débil o contradictoria. Y sabemos, quizá sobre todo, que los resultados cambian enormemente dependiendo del perro que tengamos delante.

Por eso quizá el verdadero avance no consista en decidir si estamos “a favor” o “en contra” de castrar.

Quizá consista en dejar de hacerlo por sistema.


Estudios y fuentes consultadas:

Romagnoli, S. et al. (2024). WSAVA guidelines for the control of reproduction in dogs and cats. Journal of Small Animal Practice.
Consultar las guías completas de WSAVA

Egenvall, A. et al. (2001). Breed risk of pyometra in insured dogs in Sweden. Journal of Veterinary Internal Medicine, 15(6), 530-538.

Schneider, R., Dorn, C. R. & Taylor, D. O. N. (1969). Factors influencing canine mammary cancer development and postsurgical survival. Journal of the National Cancer Institute, 43(6), 1249-1261.

Beauvais, W., Cardwell, J. M. & Brodbelt, D. C. (2012). The effect of neutering on the risk of mammary tumours in dogs: a systematic review. Journal of Small Animal Practice, 53(6), 314-322.

Guirguis, P. & Beggs, D. S. (2025). Systematic Review: Does Pre-Pubertal Spaying Reduce the Risk of Canine Mammary Tumours? Animals, 15(3), 436.
Consultar la revisión sistemática en PubMed

Hart, B. L., Hart, L. A., Thigpen, A. P. & Willits, N. H. (2020). Assisting Decision-Making on Age of Neutering for 35 Breeds of Dogs: Associated Joint Disorders, Cancers, and Urinary Incontinence. Frontiers in Veterinary Science, 7, 388.

Hart, B. L., Hart, L. A., Thigpen, A. P. & Willits, N. H. (2020). Assisting Decision-Making on Age of Neutering for Mixed Breed Dogs of Five Weight Categories: Associated Joint Disorders and Cancers. Frontiers in Veterinary Science, 7, 472.

Low, D. et al. (2025). The association between gonadectomy and timing of gonadectomy, and the risk of canine cranial cruciate ligament disease: A systematic review and meta-analysis. Veterinary Surgery, 54(2), 254-267.
Consultar el metaanálisis en PubMed

Cooley, D. M. et al. (2002). Endogenous gonadal hormone exposure and bone sarcoma risk. Cancer Epidemiology, Biomarkers & Prevention, 11(11), 1434-1440.

Bryan, J. N. et al. (2007). A population study of neutering status as a risk factor for canine prostate cancer. Prostate, 67(11), 1174-1181.

Sundburg, C. R. et al. (2016). Gonadectomy effects on the risk of immune disorders in the dog: a retrospective study. BMC Veterinary Research, 12, 278.

Benka, V. A. et al. (2023). Estudio sobre edad de gonadectomía, sexo, tamaño racial y riesgo de sobrepeso y obesidad en perros. Journal of the American Veterinary Medical Association.

Farhoody, P. et al. (2018). Aggression toward Familiar People, Strangers, and Conspecifics in Gonadectomized and Intact Dogs. Frontiers in Veterinary Science, 5, 18.

Hoffman, J. M., Creevy, K. E. & Promislow, D. E. L. (2013). Reproductive capability is associated with lifespan and cause of death in companion dogs. PLoS ONE, 8(4), e61082.

British Veterinary Association & British Small Animal Veterinary Association (2026). Actualización de la política sobre castración de perros y gatos, publicada el 3 de marzo de 2026.
Consultar la actualización BVA/BSAVA

Parásitos del perro

1 ago., 2025, No hay comentarios
Quiero remarcar antes de nada, que yo no soy veterinaria (sí auxiliar) y que los datos que doy a continuación son en base a la información que yo he ido almacenando y aprendiendo. Si alguna de mis seguidoras veterinarias (o alguien con formación que sepa del tema) quiere hacer algún apunte o corrección, será más que bienvenido.

La desparasitación es una parte fundamental del cuidado de los perros, tanto por su salud como por la prevención de enfermedades transmisibles a otros animales e incluso a las personas. Los parásitos que pueden afectar a un perro se dividen principalmente en dos grandes grupos: parásitos internos y parásitos externos. A continuación, os dejo los más frecuentes, los tratamientos más utilizados y algunos de los medicamentos comerciales que encontraréis habitualmente en la práctica veterinaria.

🔬 Parásitos internos
Son organismos que viven dentro del cuerpo del animal, principalmente en el intestino, aunque también pueden afectar otros órganos (como el corazón, los pulmones o el hígado). Suelen alimentarse de los nutrientes del hospedador o de su sangre, debilitándolo. Dentro de los parásitos internos encontramos gusanos redondos (nematodos), gusanos planos (cestodos) y protozoos.

Entre los nematodos más comunes están Toxocara canis, Ancylostoma y Trichuris vulpis, que pueden provocar desde diarreas hasta retrasos en el crecimiento o, en casos graves, obstrucciones intestinales. Para tratarlos se utilizan principios activos como fenbendazol, febantel, pirantel, milbemicina oxima o moxidectina, que encontramos en productos como Drontal Plus®, Milbemax® o Panacur®.

Los cestodos más conocidos son Dipylidium caninum y Taenia spp., que suelen transmitirse a través de pulgas o roedores. Su tratamiento suele hacerse con praziquantel, presente en productos como Cestal Plus® o Milbemax®.

En cuanto a los protozoos, Giardia es uno de los más frecuentes, especialmente en cachorros o animales recogidos de la calle. También pueden darse infecciones por Isospora o Toxoplasma. Los fármacos más utilizados en estos casos son el metronidazol, fenbendazol y clindamicina, según el tipo de parásito.

🐜 Parásitos externos
Son los que viven fuera del cuerpo del animal, en la piel o el pelaje. Se alimentan de sangre o tejidos, causando picor, heridas, alergias o incluso enfermedades graves. Son igual de importantes que los internos, ya que pueden transmitir enfermedades graves y provocar molestias intensas en la piel del perro. Los más comunes son las pulgas, las garrapatas y los ácaros.

Las pulgas (Ctenocephalides felis) no solo causan picor, dermatitis alérgica o anemia, sino que también pueden transmitir tenias. Se controlan con productos que contienen fipronil, imidacloprid, afoxolaner o fluralaner, presentes en marcas como Frontline®, Advantage®, NexGard® o Bravecto®.

Las garrapatas pueden transmitir enfermedades como la babesiosis, la ehrlichiosis o la anaplasmosis. El uso regular de pipetas, collares antiparasitarios o comprimidos masticables es fundamental. Fármacos como la deltametrina (en collares como Scalibor®) o el fluralaner (en Bravecto®) son altamente efectivos.

En cuanto a los ácaros, los más habituales son Sarcoptes scabiei (sarna sarcóptica), Demodex canis (sarna demodécica) y Otodectes cynotis (ácaro del oído). El tratamiento puede incluir selamectina, moxidectina, amitraz o isoxazolinas como el afoxolaner, disponibles en productos como Advocate®, Stronghold®, NexGard® o Ectodex®.

📅 Pautas generales de desparasitación
Como norma general, se recomienda realizar una desparasitación interna cada tres meses, ajustando la frecuencia según el entorno y estilo de vida del perro. En cachorros o perros que conviven con niños o inmunodeprimidos, puede ser necesaria una mayor frecuencia.

La desparasitación externa debe mantenerse durante todo el año, sobre todo en zonas templadas, utilizando productos de aplicación mensual o de larga duración como collares o comprimidos.

Además, es recomendable realizar análisis coprológicos de forma periódica para detectar infecciones que pueden pasar desapercibidas.

Y siempre, ante cualquier duda o antes de administrar un antiparasitario, es fundamental consultar con tu veterinario, especialmente en razas sensibles a ciertos principios activos como la ivermectina (por ejemplo los collies, pastores australianos y otras razas afectadas por la mutación del gen Mdr1).

Cuidar de la salud de nuestros perros es también proteger la salud de toda la familia. La prevención con una buena pauta antiparasitaria es sencilla, efectiva y puede evitar muchos problemas a largo plazo.

Inicio

1 ago., 2025, No hay comentarios

¡Hola, chicos!

Llevaba tiempo dándole vueltas a hacer un Blog con toda la información que os voy publicando en facebook sobre temas que me vais pidiendo. He decidido ponerlo dentro de la propia web para poder tenerlo todo más recogido y que toda la información esté en el mismo sitio.

Iré escribiendo artículos o entradas en el propio Blog, espero que las disfrutéis mucho, aprendáis y aportéis lo que se os venga a la mente y vuestras opiniones y experiencias. Si tenéis ideas sobre temas de los que os gustaría saber mi punto de vista, son más que bienvenidas. 

¡Muchas gracias a todos!